martes, julio 26, 2005

La Culturología

Al parecer, nuestros ejecutivos televisivos, que son el equivalente a lo que en tiempos medievales fueron la inquisición y el clero, por el poder que tienen sobre nuestras vidas, han adoptado un nuevo deporte. A cualquier cosa se le agrega la palabra “logo” o “logía”, y de ahí deriva una suerte de profesión.

Así, nos hemos llenado de, por ejemplo, “opinólogos”. Hoy en día cualquiera puede ser un opinólogo. Un fotógrafo cuya mayor gracia parece ser su desviación en gustos sexuales. Una ex modelo, ex animadora, ex polola de algún futbolista, ex cualquier cosa. Basta con vomitar lo que se le venga a la mente frente a las cámaras, sin el uso de ni un solo filtro, generalmente ni siquiera intelectual, y tenemos frente a nosotros a una persona que gana nunca menos de 5 veces un sueldo mínimo por el sólo hecho de dirigir ese vómito a una cámara y a un micrófono en un programa televisivo de bajo presupuesto. Y que genere bajas expectativas en el televidente.

En lo personal, nunca me gustaron los críticos de cine. Y la razón es muy simple. Se sentaban, veían una película, poniendo cara de asco, y empezaban a desmenuzarla, pausarla, retrocederla o lo que fuera con tal de detectar cualquier anomalía, asincronía o detalle para destrozarla en público.
Normalmente un crítico de cine ni siquiera ha escrito un corto para TV. En base a eso, a mi parecer, esa persona no es apta para sentarse a criticar porque carece de experiencia en el tema.
Tengo muy grabado un recuerdo de mi pendejud (entiéndase entre adolescencia y juventud). La película “Platoon” (“Pelotón”) fue destrozada por uno de estos críticos en una famosa revista femenina. Demasiado sangrienta, violencia innecesaria, falta de profundidad en la trama, música demasiado triste (sí, música demasiado triste…). Luego, la película fue premiada con 8 oscares, y en la siguiente entrega de la revista, a la cual mi madre estaba subscrita (le encantan los puzzles), veo otra crítica a la misma película, esta vez clasificándola de soberbia, cruda, realista, profunda y con una música sobrecogedora… Partí corriendo a buscar el otro ejemplar y comprobé que el crítico era el mismo. Pensé en escribir a la revista para hacerles ver la incongruencia, pero al final preferí salir en bicicleta con unos amigos. Y después se me olvidó.

Démosle una vuelta al tema. ¿Me operaría del cerebro con un cirujano menor que yo, que aún no termina medicina y que nunca ha abierto algo más que una rana disecada? ¿Confiaría una inversión a un economista que está en la ruina? ¿Le pediría que me enseñara a manejar a alguien que no tiene auto, y que nunca ha conducido uno?
Podría pensarse que con mi manera de ver las cosas, la crítica de cine de las revistas me las salto. Error. Las leo. Y las leo para pasar rabia, ese masoquismo interno que tenemos todos en algún grado de rabiar por el puro gusto de rabiar.

Después de eso, aparecen los “opinólogos”. Valga el alcance de que un crítico de cine al menos ve la película, y cuenta con un grado de cultura que le permite elaborar, redactar y leer o aprenderse un análisis desarrollado por él mismo. Un opinólogo, en cambio, puede ser cualquiera. Puede ser una persona sin la educación necesaria para abordar el tema tratado, una persona que ni siquiera tiene presencia ni voz como para ponerla al aire. Esas cosas son secundarias. Ahora, si además ese opinólogo ha participado de o causado un escándalo, tanto mejor.
Ahí se detiene mi placer culpable. No me da el cuero para ver eso.

Cerremos el cuento.
¿Qué estoy haciendo yo? ¿No estoy acaso aquí sentado criticando a otros que hacen cosas que yo no he hecho? ¿No estoy haciendo lo mismo que critico?
¡Bien! ¡Eso estoy haciendo! Con dos pequeñas diferencias. No salgo en el diario por mis escándalos, y no cobro.