martes, octubre 25, 2005

Mala Clase

Debo admitir que no fue tan evidente ni tan fácil, hace menos de un año yo era un alérgico al matrimonio. Finalmente, las cosas se dieron y en cuestión de unos pocos meses, el tema quedó decidido. Me caso.
Después de vivir paso a paso todo lo que me advirtieron que sucedería (impulsos de arrepentimiento, dudas, pena, etc.), logré llegar al estado al que todos los casados han llegado antes de dar el paso definitivo: aceptación y compromiso.
Estoy contento al respecto, entusiasmado, probablemente ilusionado con cosas que realmente no sé si se darán de la forma que espero, pero eso depende mucho de quien tengo a mi lado, y tengo confianza.

Sin embargo, este tema me lleva de la mano a pensar en otras cosas, lo que viene después. Si bien la fiesta misma, los trámites (creo que si sobrevives a los trámites, sobrevives casi a cualquier cosa) y todos los preparativos consumen neuronas, energía, nervios, tiempo y dinero, no hay que perder de vista que eso es principalmente un set de cosas previas y pasajeras... Lo heavy es lo que viene después de la fiesta y la noche de bodas (tan sobrepreciada, si para el caso esa noche quedas muerto antes de llegar a la cama). La convivencia. El inicio de lo real.
La convivencia misma tampoco me asusta tanto, dado que es un asunto de saber llevar la cotidianidad, evitar la rutina, organizar gastos, moderar costumbres, ceder harto. No es que sea fácil, no se malentienda, sino sólo que es más sencillo que "lo otro". "Lo otro" es la llegada de el o los críos. Hijos, retoños, herederos, el nombre que sea. No me refiero sólo al peso psicológico que acarrea el hecho de ser el responsable por la formación de un futuro ciudadano, quizás un médico, un hombre de negocios, un gásfiter, lo que decida ser; tampoco por la responsabilidad apabullante de lograr que sobreviva hasta que sea más o menos adulto; lo que me ahoga es el medio en el que le tocará vivir.

Mi bisabuelo vivió parte de su niñez en el sur, entre árboles, ciudades pequeñas, tren y puerto, leche de vaca, desayuno con huevos de las mismas gallinas que cacareaban en el patio al amanecer. Mi abuelo, bueno, a él ya le tocaron cosas más modernas, como tranvías y la vida en la "gran" ciudad, la mega orbe, Santiago. Mis viejos ya nacieron habiendo autos con formas para nosotros reconocibles. Sin embargo, hablamos de un entorno en donde veías principios, solidaridad, respeto, caballerosidad. Cuando yo nací, estaba un poco más degradado el ambiente, pero seguían existiendo cierto nivel de principios y gentileza. Recuerdo haber pasado largas horas andando en bicicleta con amigos, de noche, llegando entero a la casa. Automovilistas cediéndome el paso mientras iba en mi bici. Hasta alguna micro. Habían pocos patos malos, y la gente adulta tendía a ser protectora.
Hoy veo un mundo, por resumirlo en un solo término, podrido. Degeneración en exceso, alcohol en exceso, drogas en exceso, violencia en exceso, hostilidad en exceso. Todo lo negativo potenciado a mil. Choques y muertos cada día por una borrachera, causa también de casi todas las peleas callejeras que ahora traen de regalo balazos y, cuando son amistosas, sólo armas blancas. Pendejas chicas más fáciles que un perro con hambre. Cabros chicos que asaltan con más dureza que un megacriminal de los '80s.
Ahí me detengo un segundo y me pregunto "qué pasó?". De verdad no entiendo muy bien. Presiones sociales? La TV? el cine? las drogas? No sé, pero si sé que cuando mi hijo nazca, se va a encontrar con un mundo que no parece ser ni pariente del que me recibió a mí, y eso me incomoda, lo siento injusto. No se lo merece, porque ni siquiera estuvo presente cuando lo echamos todo a perder. Se va a criar respirando más smog que yo, comiendo cosas tóxicas que aún no existen, en un ambiente que lo va a tener con el mismo nivel de stress que yo, pero cuando tenga 8 años.

De verdad me preocupa, en serio. Con quien hablemos, sea de la generación que sea, podemos descubrir algo en común: Chile no evoluciona en ese aspecto. Se que no es sólo responsabilidad de un país, pero es éste en el que vivimos. La rotería, la falta de criterio, los frustrados y sucesivos intentos por mejorar la educación general. No hay caso, no cambiamos. Somos el país del que saca la vuelta en la pega, de la licencia médica falsa, del que raya la micro nueva, del que rompe el teléfono público, de rendir una boleta que no se gastó en la pega, de arrancar antes de que llegue el cuidador de autos, de no devolver la luca. Mala clase.

El otro factor curiosamente común es que no lo asumimos. No asumimos nuestra mala clase, no asumimos que siempre intentamos sabotear la pega del otro, al fisco, irnos en la micro por $100 o subirnos por atrás, y sin pagar si se puede. Y creo que ese es el verdadero problema.

Si eres alcohólico y te metes a rehabilitación, lo primero que harán es concientizarte de que SI eres alcohólico, para que superes la etapa 1, que es la negación. Lo mismo con cualquier vicio. Un vicio es, en general, una mala costumbre profundamente arraigada. Ser mala clase es un vicio. El paso 1 es que admitamos lo que somos, un país de gente mala clase, con principios débiles (y en venta), donde nos importa más que gane nuestro partido político, aunque el/la candidato provoque vergüenza ajena y no convenza ni a su madre. Donde nos importa más ganar la discusión que nutrirnos de puntos de vista nuevos. Un país de triunfadores al pedo, de corredores entre semáforos. Todo al lote, todo en chico, nada en serio. Ya, sí, de ahí te llamo… Sí, si voy… No, claaaro, por supuesto… Oye si hace mucho que no pasa nada con mi mujer… Tienes algo tan especial, nunca lo había sentido… Mañana te la devuelvo… Esta vez sí que lo haré… Mañana mismo empiezo… En fin, toda una sarta de chilenismos que son igual que bailar cueca, te das un montón de vueltas, zapateas, aleteas y al final quedas donde mismo, y ni la cintura le agarraste a la peuca.

Admitamos que somos mala clase, que no somos jaguares de ningún lado, que no existe el concepto de "país en vías de desarrollo", sino que somos tercermundistas, mentalmente al menos. Nos lo pido porque es el primer paso para que salgamos de donde estamos. Nos lo pido por mi hijo, por tu hijo, por nuestros nietos, para que ellos puedan criarse en un "país en vías de rehabilitación".

¿Cómo sabes? En una de esas, podríamos incluso darles la oportunidad de tener una vida un poco más cercana a lo que merecen...

- Vischo -

domingo, octubre 23, 2005

Una pequeña carta para Guillermo

Hola viejo. Tanto tiempo sin verte.
Mira como son las cosas, ahora que ya no te veo a diario, te entiendo más...

Te escribo estas líneas por dos razones.

Una, para contarte que me caso. Sí, en serio. Y ya sabes con quién. Tal como lo predijiste hace ya tanto tiempo. Fíjate que ahora que ya no me contestas las llamadas, te has hecho más presente en muchos aspectos de mi vida, sabes que senté cabeza. Cuántas veces me dijiste que te hiciera caso, cuántas horas no creíste haber perdido al hablarme, y fíjate que recién ahora vengo a pescarte. Viejo, te encantaría verme y ver lo que hiciste de mí.

La otra razón, es para decirte FELIZ CUMPLEAÑOS. Mandarte un abrazo desde la distancia eterna e inexistente que nos separa. Este es el sexto cumpleaños tuyo que celebro sin que soples una vela. No te voy a desear lo típico, eso de que sean muchos más ni nada clásico ni cliché. Sólo deseo que Sinatra te cante un feliz cumpleaños por mí. Ah, cuando lo veas, dile a Frank que aún escucho sus CDs (ojo, originales) y que nadie aún ha cantado algo mejor que "I've got you under my skin".

Viejo, me haces falta. Ya superé la pena por tí, por pensar que tal vez te dolió morir. Ahora la pena es por mí. Sí, sigo siendo al revés de todos los cristianos, igual que cuando chico, que aprendí primero a caminar y después a gatear. Primero mi pena fue por tí y ahora por mí. Me haces falta en esta etapa de mi vida, es crítica, hermosa, pero crítica, clave. Quisiera que pudieras estar cerca para sentir tu apoyo, para que organizaras el evento con la clase y elegancia que te caracterizaban, para que me hicieras ese día el nudo de la corbata, como me lo hiciste hasta casi los 30. No hay caso, me siguen quedando horribles y siempre chuecos.
Quisiera poder compartir esto contigo en carne y hueso, y que todos oyeran el sonido de tu copa al chocar con la mía cuando brindemos por mi matrimonio.

Quiero agradecerte lo que hiciste por mí, celebrarme mis estupideces y enmarcar esos horrendos dibujos que hacía cuando chico. Por enseñarme a tomar fotos como la gente. Por prestarme tu auto nuevo para aprender a manejar. Por hacerme ser una persona derecha y cumplidora. Por exigirme más que al resto. Por haber sido duro conmigo cuando debías serlo. Por tu paciencia y tu tiempo. Y especialmente, por haber sido mi amigo de verdad y haberme permitido ser un amigo de verdad para tí.

Se que esto suena a despedida, pero sabes bien que no lo es. Sólo necesitaba decírtelo. Al igual que tú, en esa carta póstuma que nos dejaste enmarcada a mi hermano y a mí: "...En mis pensamientos, como última bendición, les besaré siempre, deseándoles buenas noches, buenos días y un claro amanecer, hasta reunirnos algún día en otra dimensión, les amaré siempre."
Puta viejo, yo también te amo. Y si pudiera resumir toda mi vida en una palabra hacia tí, sería en decirte gracias.

No dejes de venir a conversar conmigo en mis sueños. No sé cómo lo haces, no sé como logras entrar ahí y decirme palabras que sé que sólo pueden venir de ti. Por favor no dejes de hacerlo, me veo como un adulto, pero aún soy tu hijo.

Por si te fuiste con la duda en tu mente, te lo dejo claro ahora mismo: No lo hiciste mal. Lo hiciste como todo lo que hacías. No bien, sino que a toda raja.

Desde el fondo de mi alma, gracias papá.